Parte 2: ¿La muerte del libro?

Hace años, cuando los editores todavía debatían “la muerte” del libro o su desplazamiento por los medios digitales, apelaban a la historia. El soporte es el que cambia, decían. Históricamente ya había sucedido. Las piedras, las columnas en las que se inscribían las leyes de las ciudades, los rollos de papiro, las tablillas de madera, el cuero de los manuscritos medievales, el humilde papel que todos conocemos; el libro había pasado por diferentes soportes pero no se había modificado sustancialmente, ni se modificaría, sostenían en aquel entonces.

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En parte tenían razón, pero sólo en parte porque un libro digital interactivo no sólo puede modificar radicalmente la experiencia lectora sino también toca una figura importantísima para el libro: al autor.

La información ha sido el tesoro de los libros. Los lectores que nacieron hasta la penúltima década del siglo veinte recordarán en los libreros de sus padres El tesoro de la juventud y otras enciclopedias que eran consideradas objetos deseables en los que las familias invertían parte del patrimonio familiar. Esos libros prometían guardar saberes a los que ahora accedemos a través de portales gratuitos, o de bajo costo, en la red. Hoy, vender información está siendo desplazado por la venta de experiencias, el “nuevo” fundamento del saber. Y es justamente en la generación de experiencias en las que los recursos del libro digital resultan valiosos, pues ofrece atmósferas sonoras y visuales, la inmediata referencia a otros libros o productos digitales, y la posibilidad de incidir y recrear el argumento o el contenido propuesto por el autor.

Es verdad que la lectura nunca es un acto pasivo, pues involucra diversos mecanismos cognitivos y emocionales. Al leer nos comparamos con los personajes, nos distanciamos de ellos, emitimos juicios, imaginamos con libertad lo que sugieren las palabras, pero un libro siempre es un producto terminado, una propuesta argumentativa o un mundo ficcional coherente y acabado. El libro digital interactivo puede abrir su contenido para que el lector recree, reelabore y colabore en ellos.

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Si pensamos en colaboración textual tenemos que referirnos a los cadáveres exquisitos de los surrealistas, en los que cada uno de los participantes incorpora un elemento a un poema construido por varios. “El cadáver exquisito beberá el vino nuevo” es el poema resultante de la intervención de un grupo de autores. Otro ejemplo interesante es Rayuela de Julio Cortázar, novela que ofrece dos formas posibles de capitular y por lo tanto, dos lecturas distintas. Se trata de propuestas lúdicas que permiten al lector una interacción mayor que la que normalmente proporciona el libro impreso. Pero la interactividad en los contenidos de los libros digitales potencian de manera casi inimaginable las posibilidades de re-creación.

En las aplicaciones y herramientas didácticas, sobre todo en el material destinado al público infantil y juvenil la interactividad es un elemento ya indispensable, y también se utiliza, aunque aún tímidamente, en propuestas literarias y poéticas. Es justamente este aspecto, el más interesante del libro digital, el que más peligro representa para el autor.

Antes de la utilización de la imprenta en el Renacimiento, la autoría estaba desdibujada. Si bien tanto en la tradición oral como en los libros manuscritos se atribuían obras a tal o cual autor, la mayoría de las veces se trataba de compilaciones, pues los criterios de originalidad y propiedad intelectual no eran un valor para la época. El mismo Miguel de Cervantes en El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, “inserta” breves historias populares y habla de un verdadero autor de la novela que él, supuestamente, reescribe. Lo que se diluye en la amplia interactividad que permite el libro digital es el concepto de autoría tradicional, y en ese sentido representa un riesgo mortal, no para el libro, sino para el autor.

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